miércoles, 21 de diciembre de 2011

Interlude (en Clave de Sol)

Hola otra vez.
Releyenndo mi post de esta mañana, me he dado cuenta de que no es un post justo. Menciono a algunas personas, pero me dejo a demasiada gente, demasiadas personas que merecen una mención, por breve que sea, hoy y en este tema.

El Doctor Jose Anastasio Montero, cuyo nulo don de gentes pero habiles manos hicieron posible que yo a día de hoy esté intervenido con éxito de corazón y sin necesidad de tomar la típica medicación puñetera que acompaña a todas estas intervenciones (el infame Simtrom).

El Doctor Oscar Gil, que lleva siendo mi cirujano cardiaco desde ¿que digo yo? ¿los catorce años? y que siempre ha sido un médico ejemplar, se ha preocupado por mi y me ha atendido cuando hiciese falta y por lo que hiciese falta, con o sin cita médica.

El Doctor Andres, de cuyo apellido no consigo acordarme, que fue mi médico de rehabilitación durante toda mi estancia en el hospital, y que aun hoy (y pese a que -al fin y al cabo- solamente nos vimos durante esos dos meses hace siete años) si nos vemos me saluda como si fuese un amigo de toda la vida.

El Doctor Vicente Abril, médico de la unidad de enfermedades infecciosas, que muy posiblemente me salvase la vida al proponer el tratamiento con antifungicos, y el cual he estado visitando hasta hace poco más de un año con mis visitas anuales para asegurarnos de que el hongo estaba erradicado del todo.

El Doctor Fuster, que fue mi médico "principal" durante la hospitalización, y pese a su parar seco y parcas palabras, se tomó tanto interés como el que más a la hora de seguir mi caso.

El Doctor Canovas, que no se siquiera si era doctor hace siete años, creo que apenas era interno, y que tuvo mi caso en primera linea.

A Maricarmen, Amparo, Jesus, Lucia, y tantos otros del personal médico de enfermería, celadores y no-sanitario del Hospital General Universitario de Valencia, por haberme animado.

Y, por supuesto, faltaría más: a Jaime y Amparo, mis padres, que llevan siendo los mejores doctores y los que más me han cuidado desde que nací, sin los cuales no habría podido superar todo aquello.

Mención especial, por supuesto, a mi pobre hermana Elisa, que pasó una mala temporada por aquello, pero demostró una madurez que muchos no exiben con diez (ni veinte) años más.

A todos, gracias.

Alvaro

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